Cuando era pequeña me gustaba esconderme en los campos de trigo que había en frente de la casa de campo de mis padres. Allí jugaba a enterrarme entre las espigas. El contacto con la naturaleza me proporcionaba un poco de sosiego, me aliviaba de una profunda tristeza.

La tristeza se fue acrecentando y se transformó en la adolescencia en depresión. La depresión continuó a lo largo de los años. Había una oscuridad, una sombra en mi interior que me impedía encontrar el sentido de la Vida. Tras muchos intentos de huida viajando y viviendo en el extranjero, la enfermedad de mi padre me hizo retornar a España y enfrentarme con la realidad. Caí en una gran depresión, y se me pasó por la cabeza la idea de suicido. Fue entonces cuando decidí buscar ayuda psicológica.

En un primer momento realicé terapias cognitivo-conductual. Una de las psicólogas que me trataron me pasaba una serie de test cuyos resultados no desvelaban la causa de mi sufrimiento, pero yo no paraba de llorar. Aparentemente no había en mi biografía ningún trauma suficientemente grave como para generar ese estado emocional.

Acudía también con frecuencia al fisioterapeuta porque tenía muchos dolores corporales. Llegó un momento en el que el fisioterapeuta me dijo que no podía hacer nada más por mí, que tenía que curarme a otros niveles porque si no mi cuerpo seguiría somatizando. Fue él quien me recomendó el proceso Oxigeme.

Desde el inicio comprendí que era un tipo de terapia diferente, mucho más profunda de las que había experimentado hasta entonces. Me di cuenta, también, de lo difícil que es cambiar por mucho que creas que lo deseas. La sombra se resiste a desaparecer.

Entender el origen de mi estado emocional en terapia me fue aliviando poco a poco, pero fue Crisol el que marcó un punto de inflexión en mi vida, al ofrecer a aquella niña triste la oportunidad de renacer. Sanar la relación con mi familia es lo mejor que me ha pasado en mi vida y por ello estaré siempre agradecida a la terapia y a Manuel mi terapeuta.

La sombra no había desaparecido pero se había iluminado una luz dentro de mí, que me proporcionaba la esperanza de sanación. Sentí la necesidad de seguir profundizando en la terapia porque intuía que el origen de mi malestar iba más allá de mi familia e incluso de mi persona. En los niveles más profundos del proceso Oxigeme tuve la oportunidad de sanar los aspectos más ancestrales de mi linaje. También pude vislumbrar el Misterio de la Vida.

Esa experiencia me acompaña y me guía frente a las turbulencias del cotidiano. A veces el camino no es fácil, la sombra emerge aunque cada vez más debilitada, pero he aprendido a mantener la calma y a confiar en la VIDA.

Nunca imaginé que pudiera existir tanta dicha.